
Saben aquel que diu… Que un día abrimos la puerta de nuestra empresa y entra un hombre de entre 35 y 55 años, educado, con buena presencia, afable y simpático. En los primeros 5 minutos de conversación nos damos cuenta de que tiene un gran poder de comunicación y enorme inteligencia emocional. Observamos en su amena presentación que se hace pasar por empresario respetable. Por lo que nos cuenta podemos deducir que crea continuamente nuevos negocios. Sin venir a cuento nos comenta que vive en uno de los barrios más caros de nuestra ciudad.
Entonces pensamos:
¡ Deu meu ¡ ¡Este señor cumple todas las características del perfil del moroso tradicional!
No quiere esto decir que no le vayamos a atender correctamente, pobrecito él, qué culpa tiene de parecerse tanto al MOROSO con mayúsculas que nos describe Pere J. Brachfield, en su libro “Jaque a los impagados” (ed. Gestión 2000).
Solamente estudiaremos muy muy pero que muuuuuy bien su caso para evitar que siga cumpliendo ese perfil del moroso y tengamos que darnos cuenta una vez hayamos realizado el trabajo que también puede llegar a tener personalidades múltiples, deja de pagar sus facturas cuando se ha ganado la confianza del proveedor, no tiene propiedad alguna a su nombre, por lo que, al ser insolvente, no teme a los tribunales, y jamás asume la responsabilidad de la mora y culpa a terceras personas.
Al fin y al cabo a quién le gusta tener un moroso morosito morosirura…
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